Cada año, con el regreso del buen tiempo, las orugas procesionarias abandonan sus nidos para formar sus características filas largas. Tras este espectáculo se esconde un verdadero peligro: desde el decreto n.º 2022-686 del 25 de abril de 2022, las procesionarias del pino y del roble figuran oficialmente entre las especies cuya proliferación es nociva para la salud humana. Impulsadas por inviernos cada vez más suaves, ganan terreno hacia el norte de Francia cada año.
Por qué las orugas procesionarias son peligrosas
El peligro no proviene de una mordedura, sino de los pelos microscópicos urticantes que la oruga libera en cuanto se siente amenazada. Estos pelos contienen una proteína, la taumetopoeína, extremadamente irritante. Volátiles, se dispersan con el viento y pueden provocar, sin siquiera tocar a la oruga:
- picores y erupciones cutáneas graves;
- conjuntivitis e irritación de los ojos;
- dificultad respiratoria, tos o crisis en personas sensibles;
- reacciones alérgicas que pueden requerir consulta médica.
El riesgo es mayor para las mascotas. Un perro que olfatea o lame una oruga puede sufrir necrosis de la lengua y, sin atención rápida, morir. En caso de contacto, no frotes la zona, enjuaga abundantemente con agua y consulta a un médico o veterinario.

Pino o roble: cómo distinguirlas
La procesionaria del pino teje nidos blancos y algodonosos bien visibles en los extremos de las ramas de pinos y cedros. A finales de invierno y en primavera, las orugas descienden en procesión, en fila india, para enterrarse en el suelo. La procesionaria del roble permanece en el tronco y las ramas gruesas de los robles, donde forma nidos pegados a la corteza. Su actividad se extiende generalmente de abril a julio, el periodo de mayor riesgo de exposición.



